De qué hablo cuando hablo de viajar

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Si tuvieras que elegir un emoji que definiera “viajar” es muy probable que eligieras alguno de éstos: 🌍 ✈️🏖 🏕🇦🇺☀️🏄🏻‍♀️

Y es que en la mente colectiva asociamos viajar con ir a otra parte del mundo en busca de sol y playa, ver cosas ajenas a nosotros sin que nos afecten y poner nuevos pines en el mapa. Con surferos, relax, mojitos, paellas mirando el mar y visitas a museos.

La globalización ha hecho en los últimos años que viajar se haya vuelto popular, con el auge de vuelos baratos, acceso a información 24 horas al día, proliferación de sitios online donde hacer reservas de todo tipo…

Los nómadas digitales no paran de decirnos que si no viajas es porque no quieres, y nos repiten de manera incansable lo guay que es “sentirse libre trabajando desde cualquier parte del mundo”, y cuanto más turquesa sea el color del agua del mar más nos lo dicen.

Instagram corroe nuestro imaginario colectivo y nos muestra solo una cara de lo que es el viajar: selfies en paisajes cuanto más coloridos y pintorescos mejor; cuerpos normativos posando en “los sitios que no te puedes perder si vas a __________ (rellenar a discreción)”; fotos enseñando dientes rodeados de niños (y cuanto más oscuro sea el color de su piel mejor)…

Sin embargo a mí me interesa hablar de lo que no nos cuentan.

De lo cansadísimos que son los vuelos internacionales, con sus esperas, retrasos, preocupaciones por perder el equipaje y encontrarte en destino sin un cambio de bragas, del dolor de piernas con el que llegas a destino, de las entrevistas en aduanas cuestionando si eres un terrorista, de los tocamientos de los guardas de seguridad al pasar controles.

Del miedo a ser timado, robado, violado, secuestrado y/o herido que ciertos medios de comunicación nos han enseñado a tener cuando se viaja a países que se salen de la norma (puedes ver mi artículo Y por qué vas a Irán? al respecto).

De las diarreas, grastroenteritis, deshidrataciones y vómitos que el agua de otros lugares o cierto tipo de comidas nos producen, y de cómo eres incapaz de sacar una sonrisa para subirla a tu selfie en Instagram.

De las injusticias por no ser local: a veces saliendo favorecido ya que tus euros te hacen millonario en ciertos lugares, pero también de cómo en otros sitios serás visto como un dólar (o lo que es peor, un pasaporte) con patas.

De los madrugones para ver un amanecer “que no te puedes perder si visitas __________” y de cómo no serás persona después de unas horas.

De las cucarachas que encontrarás en alguna cama, el sonido de las moscas en los baños, el olor de especias metiéndose en tus ojos y haciéndolos llorar.

Del cansancio de cada día tener que buscar una estación de autobús o el andén desde el que sale tu próximo tren, alguien que hable tu idioma, un hostel donde pasar la noche, un restaurante higiénico, un conductor que te lleve a tu destino sin hacerte kilómetros de más, una ducha con agua caliente, un mapa que haga justicia a las distancias, una cerveza fría, una oficina de cambio de divisa, un puesto donde comprar una tarjeta sim.

Y por encima de todo, yo hablo de aquéllos que no teniendo nada te lo darán todo, de las miradas que te echarán al ver que eres una mujer libre y te vistes diferente, del jet lag, de las sonrisas y muestras de agradecimiento al darle a alguien uno de tus pantalones rotos que ya no quieres cargar, de las horas en carreteras polvorientas charlando con conductores sobre sus familias y sus aspiraciones, de lo malo que está el tiburón putrefacto islandés, de la libertad de vivir sin nada para no tener miedo a perder algo, de no estar pendiente del WhatsApp, de tardar 15 minutos tratando de explicar con gestos que quieres comprar leche, de dejar una parte de ti en un lugar al que sabes que muy probablemente jamás volverás.

¿Que de qué hablo yo cuando hablo de viajar? Pues de esto:

👳🏿⭐️ 🕷🤮🥥🚕🏜👩🏽‍🌾👶🏻💔🦟🤗 💩👩‍👩‍👧‍👧🙏🏼

Photo by Zeyn Afuang on Unsplash

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