Quizá no puedes volver a «casa»… Una lección que sólo se aprende al viajar

Cualquiera que haya vivido, estudiado o trabajado en el extranjero comparte una especie de hermandad que es difícil de explicar. Hemos "pasado" por algo. El estrés, los malabares emocionales de dejar lo que en principio podía ser una buena vida, y el poner patas arriba los esquemas de tu vida para mudarte a otro país es una experiencia que te marca, a pesar de ser vivida de manera muy diferente por cada individuo.

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Hay razones obvias por las que uno decide mudarse a otro país: trabajo, pareja, familia, etc. Pero es la sutileza de ciertas cosas lo que marca la diferencia y son esas cosas, en apariencia sin importancia, las que te hacen darte cuenta de que has «pasado» por una transformación.

A los humanos no nos gusta el cambio. El cambio da miedito y es, por naturaleza, incierto. Lo importante no es pensar en lo que dejas sino en apreciar lo que te ha enriquecido cada una de las veces que lo has dejado todo. Y en lo que seguirán enriqueciéndote las experiencias que te quedan por vivir. Ya no hay «casa». No porque el lugar haya cambiado, sino porque tú has cambiado. Cada sitio en el que vives te modifica de algún modo y vivir en el extranjero te abre los ojos al hecho de que ningún sitio es perfecto y que «casa» es en realidad una sensación que llevas contigo, sin importar en qué parte del mundo estés.

Dejarlo todo para vivir en el extranjero es una experiencia estresante, compleja, da miedo, te altera la vida y te abre los ojos, pero sobre todo merece la pena. Pese a las muchas lecciones aprendidas a la fuerza, el poder realizar viajes o estancias en el extranjero te enseña que la ansiedad que producen los cambios te lleva a abrazar lo desconocido, y de ahí sólo se puede crecer como persona.

¿Cómo has vivido tu experiencia?

Photo by Natalia Figueredo on Unsplash

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